2ª PARTE: TipoLOGÍA
Dejamos los términos científicos y vamos al grano. Toca discernir a los recortadores según la tribu urbana a la que pertenezcan. Y es que no sólo de curvas anchas viven.

Dejamos los términos científicos y vamos al grano. Toca discernir a los recortadores según la tribu urbana a la que pertenezcan. Y es que no sólo de curvas anchas viven.
Porque el camino más corto para llegar a la meta no es la recta sino la mentira, hoy con todos vosotros: el recortador.
La montaña no queda tan lejos para los barceloneses. Los hay que compensan el mono retozando en Montjuïc (vale, no me tiréis piedras) y los que les da por escalar a Collserola. Pero ¿carreras dónde chulear de zapas ortopédicas, mallas compresoras/ahogadoras y una colocación estilosa e inigualable del tubular? Pues, aunque no lo parezca, también estamos bastante bien surtidos y un perfecto ejemplo lo tenemos en la Cursa ecológica de muntanya a Molins de Rei, una inmejorable oportunidad para abrir en canal las montañas que rodean el área metropolitana a todos aquellos que necesitan algo más que la cáscara de huevo de la Carretera de les Aigues.
Ya que el sol no acaba de apretar del todo nos encontramos en un contexto ideal para que lo hagamos nosotros a bordo de nuestras lustrosas, orgullosas y torturadas zapatillas de running. Próxima parada: Cursa de la Maquinista, la segunda prueba enmarcada en el Circuit Aliança. Si buscáis opiniones para haceros una idea tenéis el resumen de la carrera del año pasado (aunque estoy seguro que este año saldremos mucho más satisfechos: para empezar ya hay cajones de salida). Vamos a por faena. Sigue leyendo
Pequeña, veloz y acogedora. Tres adjetivos que definen perfectamente la Cursa Can Mercader, una prueba que se ha acostumbrado a agotar cada año las inscripciones con semanas de antelación y en la que mucho tiene que ver con ello el mimo y dedicación que hay por parte de la organización y un un circuito rápido y funcional ideal para aquellos que tienen aún la asignatura pendiente de batirse a si mismos.
Como una mareada bola de pinball a punto de sacar bonus, cualquier inconsciente que se acerca a comprar unos calcetines a un centro comercial el día que se inaugura la época de rebajas o el concursante que intenta sobrevivir torpemente en Humor Amarillo. Así se encuentra un corredor en el momento que comienza el asalto a la conquista de su particular sueño deportivo si lo intenta en una carrera popular donde el organizador se enteste en hacer discurrir una manada de elefantes allí donde sólo pueden circular media docena de culebras. Más tensión que la cremallera de los vaqueros de cualquier reaggetonera. Bienvenido al fascinante mundo de la competición a nivel popular, sus tortuosos primeros compases y el sálvese quien pueda.
Definitivo: como nos mola ir dando tumbos por los senderos, chulear de arañazos y heridas de guerra, de agonías en muros que parecen infranqueables y de pasarlo como un mocoso sufriendo en compañía. Todo eso y más se pudo disfrutar en la segunda edición de la Punk Trail Fonollosa, una genial forma de pasar la mañana haciendo lo que más nos gusta: hacer el cabra por la montaña.
Tan importante como las primeras veces son las segundas. Y eso puede ser porque te corre prisa reparar el desaguisado (en otros ámbitos ir más rápido no es algo que tenga buena prensa) o porque intentas desesperadamente rememorar en lo posible los recuerdos de una sabrosa experiencia. Las primeras tentativas importan porque espantan los temores y te abren el camino a creer que eso que intuías que eras capaz de hacer es perfectamente factible; las segundas también porque algunos solemos transformar esa ambición en locura máxima intentando tocar con los dedos el techo de lo imposible.
Ya sea porque nuestro debut en las pruebas populares se saldó con un horror de carrera (que luego rápidamente marginamos dando publicidad sólo a los aspectos positivos) y ahora pretendemos borrar ese lánguido mal sabor de boca, o porque corrimos con tanta cautela que llegamos a cruzar la meta bailando en la punta de la lengua un «pues tampoco era para tanto», lo más normal es que a partir de de ese momento queramos volver a repetir la experiencia para llegar o más lejos o más rápido.
En plena proliferación de carreras populares que rivalizan, mimetizan e incluso compiten para ver quien va un paso más que el resto (incluso en el precio) a veces brotan rara avis que son capaces de sobrevivir girándole la cara al sol que les reclama y esclaviza. Es el caso de las Punk Trail, un grupo cada día más numeroso de cursas de montaña que se celebran en la comarca del Bages con una filosofía en las antípodas de la que está imperando actualmente en el mundo del running. Explicar en qué consisten y cómo sobrevivir y/o disfrutar de ellas es el intento de buena acción de la semana.
Me encanta revolcarme en el barro, perder el tiempo y no sacar ningún provecho de ello. Atender ese instinto animal de no pensar, de actuar empujado por el impulso, de no tener que rendir cuentas ante ese monstruo, creado única y exclusivamente por nosotros, que se esconde tras la alarma del reloj y que nos presenta como un manojo de inseguridades en una sociedad ultracompetitiva.
La misma que nos hace caer en la trampa de vestirnos con el traje de rallas verticales que nos convierte en sociables y aptos para ser exprimidos, y vivir encerrado entre los barrotes del confort inane de hacer lo correcto… Así no avanzamos… y correr, aunque cueste creerlo, es avanzar.