Que los trail runners (me incluyo) somos bastante más posturetas que los asfalteros (me incluyo también: aaaaamigo, yo no me escondo, también beso el cemento) es una de esas verdades incómodas que pocos se atreven a hacer público (como afirmar que quieres correr una vez en tu vida la UTMB).
Y es que tenemos la misión de seguir perpetuando el prejuicio sociodeportivo -y ahí estoy yo sumando a la causa, que hemos venido a reirnos de nosotros mismos :)- de que si eres corredor de ciudad estás en la vida solo de paso y que si, en cambio, has subido un par de veces al Cadí a por bolets o has publicado un selfie tocando el muro de la Casa de Campo es que has sido enviado por el mismo Zeus para predicar con las virtudes de los esguinces tobilleros a la mínima que el terreno se vuelve mínimamente irregular.
Y resulta entonces que te presentas a un trail de los ‘grandes’ (o sea, de los que te has pulido la paga doble en la inscripción, viaje y alojamiento a esa carrera; ese sustento económico que de primeras iba destinado a una genial idea de inversión que tus padres iban en un 99% a sufragar a fondo perdidísimo), ahora casi todos bajo el yugo de UTMB con muchas con más FOMO que prestigio, llegas a recoger el dorsal y disfrutar de los múltiples stands de marcas deportivas en la Feria del corredor… y te encuentras la realidad: el postureo no lo determina el terreno sino la genética y el talonario.
Estos son los rasgos que nos definen como auténtico trail runner en una feria del corredor de las de UTMB.









