Cuento aún por titular… (II)

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Al día siguiente de tan trascendental momento vital (un artista siempre saca lo mejor de sí mismo cuando aborda con valentía el asalto a sus propios infiernos o cuando se pone ciego de todo, que viene a ser lo mismo pero en prosaico) se levantó a trompicones y como pudo salió a la calle teniendo que soportar una agria sensación de derrota que pesaba tanto como las dos toneladas de plomo que taladraban su escuálido cerebro.

A pesar de destinar las pocas fuerzas que guardaba en reserva a domesticar una resaca de dimensiones bíblicas, no pudo controlar una inoportuna insurrección metabólica a modo de vomitera inmisericorde y, como un sifón con el gatillo encasquillado, comenzó a chorrear los restos de una mala noche allá donde un instintivo giro de cuello se dispuso a apuntar. Un muro, que ejercía de baldía barrera de un desdichado solar, tuvo el desafortunado cometido de hacer frente a la ira de un organismo que no entendía ni de crisis artísticas ni de dudas existenciales, salpicando los carteles publicitarios, de exposiciones y conciertos (de todos esos individuos que se le habían adelantado en el camino al estrellato) que lo engalanaban, y dejándolo todo tan pringadito e infectado que pudiera haber servido como atrezzo de cualquier filme de terror gore o una lección gamberra de diseño para grupos de rock radikal (con k de kemoooonos) vascos. Sigue leyendo

Mis incendios (I): por supuesto, el incendio es lo de menos

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Yo vivía en una granja, algo que así, a secas, suena fabuloso, idílico y soleado. Pero como las vidas interesantes no son planas y de las segundas lecturas uno siempre extrae las mejores lecciones, la historia, por supuesto, era bien distinta. Yo vivía en una granja que no era ni más ni menos que el único sitio que mis padres se podían costear, y eso agradeciendo la suerte de contar con enchufe familiar: ese emplazamiento fue la primera pica social, en la conquista del pan y el bienestar (versión risueña de huida del hambre y la desesperanza) de mis sufridos abuelos. Y la verdad es que tampoco podíamos quejarnos porque esa granja, que por no ser no era ni granja (simplemente la llamaban así porque masia era una palabra que aun no había entrado en el vocabulario limitado, unidireccional pero funcional de mis muy andaluces e iletrados padres), era la guinda de un conjunto de chozas desvencijadas transformadas por la necesidad, el tesón y un plus de imaginación en hogares por aquellos que venían con los bolsillos vacíos y la necesidad de encontrar cobijo a bajo coste. Sigue leyendo

Estúpida literatura (fusilando a Salinger)

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Odio los libros. Supongo que se debe a que empecé con mal pie con ellos. Enganché tarde la escuela, con casi seis años y sin tener noción alguna de escribir y leer. Cosas de tener unos padres que la gente confundía con hippies cuando lo que realmente pasaba es que eran pobres de solemnidad. Pues eso, que uno llega tarde y a partir de ahí tiene la sensación de que siempre está llegando tarde a todo. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba repitiendo curso. Y es que tomaba un libro y sólo pensaba en el tiempo que me hacía perder pudiendo estar ahí fuera disfrutando como un marrano. Cuando eres un crío el mundo de las aventuras comienza tras la puerta (la de casa y la del colegio) y no piensas que viene escrito en un manojo de folios. Así que un libro para mi era un lastre escolar que se intentaba sortear de la forma más original posible. Si había que leerse El hobbit, te lo inventabas y lo presentabas con tal determinación que parecía que quien cometía el fraude era  tu profesor. Sigue leyendo

¿Quién puede matar a Millet? (sí, ahora voy de Sharpe)

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La ejecución se estaba demorando en exceso. El calendario nos situaba en el 2029, año en el que la ciudad de Madrid era la principal favorita para albergar los Juegos Olímpicos, en que la moda dictaba que ya no se llevaba cortarse las venas haciendo el siete con el cutter (ahora se estilaba que tu novio te dejase unos bonitos moratones con forma de comunidad autónoma), y en el que el más ignorante podía ejercer de agitador cultural apelando a Stendhal y al reggaeton a la vez. O sea, que las cosas apenas habían cambiado.

Hacía más de una década que la sentencia era firme: el señor Fèlix Millet debía ser ejecutado con la técnica del golpe seco de contrabajo. Nadie dudaba de que fuera una sentencia justa (incluso las FAES le había devuelto el carné), y más cuando se supo que todo el dinero desfalcado servía para financiar al comando terrorista responsable de los asesinatos de Isabel Coixet, Kiko Amat, Ray Loriga, Espido Freire y Lucía Echeverria. Con tal magnicidio cualquier remota posibilidad de alzarse con el Nobel había sido aniquilada. Sigue leyendo

Cuento de vergüenza ajena (no soy Rodari)

El primer día que bajó por las escaleras estaba convencido de cumplir su reto. Después de varios intentos en los que se quedaba corto, se pasaba de largo o no conseguía mantener el equilibrio, dio el salto preciso para alcanzar el bordillo desde la puerta de su casa. Después, todo era coser y cantar, circular por el el filo de la acera hasta llegar a la escuela. Comenzó a desfilar titubeante, precavido de no caer a la calzada y de no desviarse del bordillo. Pero cual fue su sorpresa que, tras un garbeo intenso y medido paso a paso, se encontró de nuevo delante de su portal. Estaba claro que la primera norma (no pisar JAMÁS todo lo que no sea bordillo) no le servía. Y encima no llegaba a tiempo a clase, aunque eso no le preocupaba más que buscar una solución a su problema. Sigue leyendo