Al día siguiente de tan trascendental momento vital (un artista siempre saca lo mejor de sí mismo cuando aborda con valentía el asalto a sus propios infiernos o cuando se pone ciego de todo, que viene a ser lo mismo pero en prosaico) se levantó a trompicones y como pudo salió a la calle teniendo que soportar una agria sensación de derrota que pesaba tanto como las dos toneladas de plomo que taladraban su escuálido cerebro.
A pesar de destinar las pocas fuerzas que guardaba en reserva a domesticar una resaca de dimensiones bíblicas, no pudo controlar una inoportuna insurrección metabólica a modo de vomitera inmisericorde y, como un sifón con el gatillo encasquillado, comenzó a chorrear los restos de una mala noche allá donde un instintivo giro de cuello se dispuso a apuntar. Un muro, que ejercía de baldía barrera de un desdichado solar, tuvo el desafortunado cometido de hacer frente a la ira de un organismo que no entendía ni de crisis artísticas ni de dudas existenciales, salpicando los carteles publicitarios, de exposiciones y conciertos (de todos esos individuos que se le habían adelantado en el camino al estrellato) que lo engalanaban, y dejándolo todo tan pringadito e infectado que pudiera haber servido como atrezzo de cualquier filme de terror gore o una lección gamberra de diseño para grupos de rock radikal (con k de kemoooonos) vascos. Sigue leyendo




