Cuento aún por titular (III)

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En los días sucesivos y gracias a un servicio de limpieza la mar de eficiente, la obra empezó a echar raíces y encostrarse, tomando aposento en su nuevo formato. La gente que pasaba por al lado quedaba totalmente subyugada por su cromatismo orgánico, unos trazos la mar de dadaistas, y un hedor ránciamente sospechoso por conocido (ciertos lavabos visitados en juergas nocturnas tenían la culpa). Los transeúntes se quedaban absortos, fascinados ante tal virtuosismo, un chute de irrealidad que no alcanzaban a explicar pero que de un modo misterioso comprendían. Ese dechado de ira e inspiración plasmado sobre tocho había alcanzado directamente lo más hondo de sus conciencias.
Poco a poco la multitud fue comentando esa obra anónima (anónima tal como la conocemos hoy, no a lo Banksy, que eso no es anónimo ni es nada). Y comenzaron a preguntarse quien podría haber efectuado tal derroche de bilis y algo de higadillos en descomposición.

Genuino genio (norte)americano

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“Usa más signos de exclamación que ningún otro escritor norteamericano”. Con esta sentencia de pasmosa lucidez, obra de la listilla, melancólica y a menudo recalcitrante Lisa, se nos presenta al genuino Tom Wolfe (Richmond, Virginia. 1931) en uno de los hilarantes capítulos de esa serie a guardar como oro en paño que responde por Los Simpsons. Y nos deja clara un par de cosas: la primera es que parece ser que para los yanquis la literatura mundial queda delimitada a ese terreno febril que hay entre la costa este y la oeste; la segunda es que el autor de La hoguera de las vanidades se consagra, definitivamente, como figura icónica en el imaginario colectivo. Y si la serie más deslumbrante e imperecedera del mundo de la televisión llega a esta conclusión por si sola, deberíamos darle un voto de confianza. Ya habían acertado sacando los colores a la hipocresía new age de REM, U2 o Richard Gere, así que, ¿por qué no se iban a permitir dedicar una de sus puyas, siempre amables pero con retranca, a la elite literaria norteamericana?

Y es que Tom Wolfe es, seguramente, el paladín de una generación de autores (en la que se incluye nombres como Truman Capote o Norman Mailer) que cumplen todas los requisitos para ser acompañados al paredón de la caricatura: son genuinos y particulares, tan embebidos de si mismos como preocupados por las consecuencias de sus actos y, sobre todo, tienen una obra tan digna del santo elogio (la consagración del periodismo literario a partir de títulos de la magnitud y el genio de A sangre fría, Los ejércitos de la noche o el presente El nuevo periodismo) como del potencial escarnio (unos excesos estilísticos que se les puede volver en contra cuando se hace equilibrios en la divisoria que separa la maestría y el ridículo). Sigue leyendo

Sobre la compasión y la dignidad

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La singularidad de una época viene marcada por una serie de acontecimientos distintivos que perfilan y dan forma a su personalidad. Describe a sus ciudadanos y avanza las coordenadas de su comportamiento en las siguientes décadas. Del mismo modo, cada periodo tiene una literatura que deja constancia de estos cambios, que pasa factura en su presente y proyecta a las siguientes generaciones una realidad que, en el caso que nos ocupa, es de esas de que hacen desviar la mirada por temor a enfrentarse a ella. En la época de la Gran Depresión, ese acontecimiento no fue otro que el Crack del 29. Y ese puesto de relator no lo ocupó otro que John Steinbeck (Salitas, California, 1902), escritor por vocación y por el indeleble sentimiento de compromiso social, de los que entienden el libro como ariete de conciencias, de los que se sirven de él como de si una caja de resonancia, que se hiciera oír de una punta a la otra de Norteamérica, se tratase.

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