Estúpida literatura (fusilando a Salinger)

Odio los libros. Supongo que se debe a que empecé con mal pie con ellos. Enganché tarde la escuela, con casi seis años y sin tener noción alguna de escribir y leer. Cosas de tener unos padres que la gente confundía con hippies cuando lo que realmente pasaba es que eran pobres de solemnidad. Pues eso, que uno llega tarde y a partir de ahí tiene la sensación de que siempre está llegando tarde a todo. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba repitiendo curso. Y es que tomaba un libro y sólo pensaba en el tiempo que me hacía perder pudiendo estar ahí fuera disfrutando como un marrano. Cuando eres un crío el mundo de las aventuras comienza tras la puerta (la de casa y la del colegio) y no piensas que viene escrito en un manojo de folios. Así que un libro para mi era un lastre escolar que se intentaba sortear de la forma más original posible. Si había que leerse El hobbit, te lo inventabas y lo presentabas con tal determinación que parecía que quien cometía el fraude era  tu profesor.

Y así crecí, esquivando esos tochos de antologías arcaicas y llegando al instituto a trompicones, pensando o deseando que algún día dejaran de acosar con la tontería esa de que un chaval se tiene que formar a base de libros. Bueno, realmente me daba bastante igual. La música y el cine suplían ese hueco sin problemas. Pero, a diferencia de la batalla de la dieta de los higadillos y las acelgas que una madre siempre, al final, acaba dando por perdida, el fenómeno de la literatura como “bien humano” no dejaba de acosarme, se iba hinchando a la vez que lo hacía el tamaño de los libros que me obligaban a leer. Así que cuando aterrizas en la secundaria uno ya comienza a dividir las asignaturas de más a menos odio según la cantidad de granito impreso que te obligaban a leer. Por mucho que me vendiesen las bondades que se escondían dentro de los libros, las puertas que se me abrían, los mundos por descubrir y toda esa retahíla de soplapolleces, yo no tragaba. Cuando eres un adolescente los verdaderos mundos por descubrir se encuentran entre las piernas de las chicas y en demostrar tu odio a todo lo que signifique autoridad.

Ya que el combate contra la literatura se volvía cada vez más cruento, las tácticas debían adaptarse al contrincante. Ya no valía fantasear con hipotéticos mundos a partir del título de una obra (OBRA: vocablo que es uno de los motivos de POR QUÉ ODIO LOS LIBROS). Aquí los profesores tenían un poco de background, canónico, insoportable y talibán, pero background, al fin y al cabo; la capacidad adquirida para destapar tus artimañas era muchísimo mayor. Para sortear ese problema había que buscar nuevas formulas y en mi caso esa estrategia consistía directamente en no leer ninguno de esos peñascos, faltar a clase y falsificar las notas, algo en lo que tengo que reconocer que era bastante diestro.

Pero ebrio de victorias no me daba cuenta de que estas eran siempre parciales y con fecha de caducidad. Por cada conquista efectuada enterraba un poco más cualquier posibilidad de seguir adelante con mis estudios. Pero en esos momentos sólo pensaba que si ese era el sistema que tenía la educación para que aprendiese alguna cosa, yo no quería formar parte de esa mierda. Uno siempre tiene la vaga esperanza de que al final alguien acabará por reconocer tus méritos. Claro que eso fue antes de que descubriese el maravilloso mundo del periodismo.

Y entonces cuando despiertas y ves que tu vida va a girar en torno a curros de mierda mal pagados y que te anulan como persona (era eso o poner bombas que, con mi torpeza congénita, seguramente acabaría en una involuntaria y bochornosa inmolación) te das cuenta de que esa sentencia, a priori chorra, sobre ganar y perder batallas y guerras tiene su miga aunque yo, cabezón, me negase a reconocer y claudicar apaciblemente.

Tuvieron que asaltarme los remordimientos de tirar por la borda unas expectativas desproporcionadas depositadas en mi persona, y que jamás quise colmar, para que volviese a activarme. Pero iba a ser a mi manera. La premisa básica era que para vencer al enemigo antes había que conocerlo a fondo y para eso no necesitaba ningún gurú o guía con debilidad moral y pánico a ser machacado vía youtube por sus alumnos. No había mejor profesor que uno mismo. Aunque más tarde me di cuenta de que, como profesor, realmente era el peor, el más implacable e hiriente de todos los posibles. Pero eso fue, como siempre, mucho más tarde. Así que con complejo de abuela hipocondríaca me receté un ramillete de supuestas obras indispensables para estar preparado el día que procurase darle de nuevo guerra a la ilustración, a los ilustrados y a todo el que se me acercase con pinta de dar lecciones paternalistas de humanidad para catetos. Una colección de clásicos que iban de Nieztsche a Goethe y de Kant a Valle-Inclan. Y ocurrió que lo que tenía que hacer el efecto de una Micebrina se tornó en puro bromuro intelectual dejando como secuelas un odio visceral a todo lo que estuviese envuelto en tapa dura y una implacable sensación de que realmente no tenía ni pajolera idea de nada. No cogí un libro, al menos, en un par de años. Decidí matar esas ansias generadas de lectura a base de revistas de cine, música, periódicos, carteles… Cualquier cosa entintada que tuviera a mano me servía. Hasta el día que decidí darme otra oportunidad.

Y esa vez entré con buen pie. Pillé a Salinger y descubrí un término que hasta ese momento me sonaba a chino: empatía. Hostias, yo tenía un poco de Haulden Caufield (o al menos eso quería creer, que es muy distinto). Me reflejaba en él pero, mierda, todo el mundo quería ser el puñetero Haulden Caufield. Hasta el puto Mel Gibson tenía como libro de cabecera El guardián entre el centeno en una de sus abominables películas. Algo fallaba, así que empecé a saltar de libro en libro buscando esa obra que fuera única, mía y en la que nadie más se quisiera sentir reflejado. Tanto afán por encontrar ese libro comportó que sólo se me quedara en mi imaginario cuatro nociones de lo que significaban. Que la mujer de Wilt era “culturalmente subnormal”. Que Kerouac se moría de envidia del bruto Dean Moriarty. Que molaría palmarla a los 30 como Sylvia Plath, pero a poder ser teniendo como legado algo mejor que esos plomizos rollos poéticos. Que a Bukowsky se la había chupado un hippie tontaina y que de Burroughs sólo recordaba una frase memorable y para su escarnio (aunque a él le daría lo mismo) era extraída del cartel de un horrendo biopic beatnik. Que El viejo y el mar olía a sal pegada a la piel. Que para ser Rimbaud hay que vivir como Rimbaud, no basta con imitarlo. Que Kapuscinsky es uno de los motivos por los que quiero ser periodista y no escritor. Que La conjura de los necios sirvió de excusa para un flirteo amoroso. Y eso me recuerda que Hesse necesitaba follar tanto o más que esos lectores tan esteparios como estúpidos que lo usaban para reblandecer a féminas que buscaban aventuras de gamberrismo mesurado. Porque si de algo me he dado cuenta es que detrás de cada gran libro siempre viene adosado una gran cantidad de lectores imbéciles con ganas de pasarte la mano por la cara. Bueno, de eso y de que celebro ser un gran ignorante, así estoy libre de cánones, de rendir tributo a viejos ídolos que me sientan como si me dieran cien patadas y de poder jugar a los libros poniendo, ahora sí, yo las normas.

2 Respuestas a “Estúpida literatura (fusilando a Salinger)

  1. Esta historia se parece tan escandalosamente a la mía, a pesar de que probablemente no sea real propiamente, que he tenido que dejar un comentario.

    Un saludo.

    “Era eso o poner bombas”. En la lista posterior, sólo echo en falta a Miller.

    Me gusta

  2. Bueno, la literatura mala siempre endulza la realidad, la verdad siempre es mucho más surrealista y cutre. Esta morralla tiene más de casposo telefilme de fin de semana que de documental ramplón. O no…

    Me gusta