Popular y a mucha honra

La Cursa de El Corte Inglés congrega a 58.847 corredores y se confirmá como la más exitosa de toda Europa.

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La más popular de todas las cursas populares ha cambiado de fechas (este año se ha celebrado casi dos meses antes de lo que viene siendo tradicional) pero no de signo. Un éxito de participación otro vez más. Y ya van 33.

Aunque en la tarde del sábado en algunos stands ya estaban repartiendo el dorsal número 78.000, la realidad tras cuadrar cuentas es la de que 58.847 corredores partieron ayer de la Plaça Catalunya con el fin de superar los 10,766 km. y la mítica ascensión a la montaña de Montjuïc. Unas cifras que sitúan a la cursa como la más exitosa de toda Europa y la segunda del mundo. Y es que detrás de ese hecho -ser popular, y estar orgulloso de ello- se esconde la clave de porqué cada año una marabunta de decenas de miles de personas tomen las calles de Barcelona. Es una carrera multitudinaria y no competitiva (aunque, claro, también tiene sus ganadores, en este caso el atleta marroquí Mohamed Benhbarka -cuarto año consecutivo que vence- por la parte masculina, y la manresana Meritxell Calduch, por la femenina). No obliga a hacer uso del chip, como viene siendo habitual en la mayoría de pruebas deportivas (y seguramente por eso también  sea más fácil hacer trampas en la carrera y mentirnos a nosotros mismos). Y, sobre todo, no cuesta un duro. Elementos lo suficientemenete atractivos como para ser ignorados por todos aquellos que quieren comenzar a hacer sus pinitos en el mundo de running, los que simplemente se lo toman como un mero entrenamiento (la semana que viene toca la más competitiva Cursa dels bombers), o aquellos que sólo quieren disfrutar de una de las más llamativas celebraciones masivas de la ciudad.

Al fin y al cabo, la Cursa de El Corte Inglés más que una carrera es la conmemoración de que Barcelona aún mantiene intacto el espíritu deportivo heredado de las Olimpiadas.

Por eso no se le tiene en cuenta que puedan llegar a pasar hasta diez minutos desde que se da el pistoletazo de salida a que se cruza la línea de salida. O que a la velocidad máxima que uno pueda alcanzar antes de afrontar el ascenso a la montaña mágica no vaya más allá del trote, a no ser que uno se escabulla por las aceras (poniendo en peligro a los pobres transeuntes desprevenidos que no se olían este asalto deportivo). O que los puntos de avituallamiento se vean totalmente sobrepasados, y algunos corredores tengan que hacer cola para pillar agua como si estuvieran esperando turno en la carniceria del barrio. O, rizando el rizo, que, por más que se esfuerce, uno no llegue a desentrañar el misterio de por qué siempre haya corredores que quedan delante suyo haciendo el trayecto andando. Todas esas pequeñas deficiencias no dejan de ser más que anécdotas en una prueba  que tiene como gran recompensa poder meterse en la piel de los atletas de élite emulando sus gestas dentro del Estadio Olímpico Lluís Companys. Y eso, no tiene precio. Es más, no cuesta un duro.

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