
Escrita la primera crónica ya están escritas todas. Eso es así desde tiempos inmemoriales con un género que me niego a tildar de literario tratándose de un cutreblog como es el mío y un deporte popular que estila una pompa épica de saldo como es el trail running.
Y es algo de lo que siempre he estado convencido: cambias protagonistas y actos pero te mueves en los mismos territorios comunes para hablar siempre de lo mismo. Cansino, que eres un cansino. Solo acepto que puede tener algo de interés si los personajes o el emplazamiento te tocan de cerca o si sirve para refrendar tu opinión; poca chicha más le vas a encontrar respecto a todo lo que te aporta una retransmisión en directo. Así que ya os agradezco por adelantado que paséis por aquí a tragaros semejante tocho.
Y es que de crónicas de carreras hay tres tipos: la de los triunfos y los objetivos conseguidos, la de las derrotas y fracasos estrepitosos, y las que más flipan a mí, las de no tener ni pajolera idea de como he podido salvar la papeleta (la flor en el culo). Las primeras, las de las victorias, solo sirven para colmar el ego. Con las segundas, las de las derrotas, hay el peligro de caer en un autocompadecimiento que me repatea un montón (buscar la lagrima fácil y la palmadita en la espalda… alguna vez he caído y si lo hago en ésta ya os pido disculpas).
Pero cuando estás al borde de volver a meter la pata hasta el fondo y al final te salvas por los pelos (o sea, llegas de una pieza a casa aunque te tengan que sacar en grúa porque tienes la flexibilidad de una viga de hormigón) tienes un campo abierto que permite reírse de lo cafre que es uno. Y eso siempre tiene más jugo. Ya aviso que esta comienza como la segunda y, en un giro de guion totalmente inesperado de los sucesos que daría para una sexta temporada para ese pollo sin cabeza que es La Casa de Papel, saltamos a allí donde me siento en mi hábitat: en el no sé cómo coño lo he vuelto a hacer.
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