He de confesar que venía con el deseo de que me gustase. ¿Cómo no me iba a gustar una carrera que desde hace años me han ido recomendado con insistencia amigos de los que confío plenamente en su criterio? Y es que todo lo que rodea a la Matxicots son buenas palabras y elogios, tanto que en otras situaciones me haría arquear las cejas y sacar mi yo más cínico y taciturno. Es el peligro de que te veas forzado a que te guste y eso condicione la cierta objetividad que se nos supone a cada uno de nosotros (que yo ni lo llamaría así, sino más bien intentar ser lo más honesto posible sabiendo que tu opinión vale una mierda como la de cualquiera).
Aún iba más allá. Realmente quería que me gustase porque necesito creer que existen y seguirán existiendo este tipo de maravillas en una época en la que el trail running se debate entre la mediatización y profesionalización a nivel global o el mantenerse fiel a unos hipotéticos principios de pureza y amateurismo.
Pues nada, como me pasó en Camí de Cavalls, la de Rialp es de esas carreras que en el momento que la catas estás maldiciéndote el por qué no lo diste la oportunidad antes, ese choque de sentimientos entre lo bien que te lo estás pasando y el amargor del tiempo perdido, de tantos años tirados a la basura dejando escapar esta joya montada con tanto mimo que es imposible no acabar rendido a ella. Y no, no exageran, es tal y cómo te han contado… Incluso en la edición más difícil de llevar adelante como ha sido la presente.









