Genuino genio (norte)americano

“Usa más signos de exclamación que ningún otro escritor norteamericano”. Con esta sentencia de pasmosa lucidez, obra de la listilla, melancólica y a menudo recalcitrante Lisa, se nos presenta al genuino Tom Wolfe (Richmond, Virginia. 1931) en uno de los hilarantes capítulos de esa serie a guardar como oro en paño que responde por Los Simpsons. Y nos deja clara un par de cosas: la primera es que parece ser que para los yanquis la literatura mundial queda delimitada a ese terreno febril que hay entre la costa este y la oeste; la segunda es que el autor de La hoguera de las vanidades se consagra, definitivamente, como figura icónica en el imaginario colectivo. Y si la serie más deslumbrante e imperecedera del mundo de la televisión llega a esta conclusión por si sola, deberíamos darle un voto de confianza. Ya habían acertado sacando los colores a la hipocresía new age de REM, U2 o Richard Gere, así que, ¿por qué no se iban a permitir dedicar una de sus puyas, siempre amables pero con retranca, a la elite literaria norteamericana?

Y es que Tom Wolfe es, seguramente, el paladín de una generación de autores (en la que se incluye nombres como Truman Capote o Norman Mailer) que cumplen todas los requisitos para ser acompañados al paredón de la caricatura: son genuinos y particulares, tan embebidos de si mismos como preocupados por las consecuencias de sus actos y, sobre todo, tienen una obra tan digna del santo elogio (la consagración del periodismo literario a partir de títulos de la magnitud y el genio de A sangre fría, Los ejércitos de la noche o el presente El nuevo periodismo) como del potencial escarnio (unos excesos estilísticos que se les puede volver en contra cuando se hace equilibrios en la divisoria que separa la maestría y el ridículo).

Y en el caso del hombre de figura espigada, ademanes de dandy cultivado e impoluto traje blanco, que es capaz de bautizar una de sus compilaciones de reportajes con el rimbombante título de “El coqueto aerodinámico rocanrol color caramelo de ron” y salir airoso, o de subirse al bus del desenfreno de los Merry Pranksters (los alegres juerguistas) y emprender su particular viaje (colgado de LSD) en Ponche de ácido lisérgico; en el caso de ese hombre, todo eso se ve multiplicado hasta el infinito.

Por eso, abordar un libro como El nuevo periodismo, que ya suena como “obra aparte que va a marcar un antes y un después de su lectura” y que, justamente por eso, ya se presenta con el formato “ensayo con ejemplos” que le da esa patina de credibilidad útil pero innecesaria y que, precisamente por eso, se tiene que rodear de una cuadrilla de plumillas bregados en el mundo de la crónica periodística para demostrar que son unos cuantos y que esto va en serio; todo eso significa que, como mínimo, no te va a dejar indiferente.

¿Y que es lo que nos quiere mostrar Wolfe con esta obra? Pues ni más ni menos que el periodismo (al menos el periodismo de esa época, a caballo entre la década de los 60 y los 70) se encuentra en un callejón sin salida, estrangulado por unas técnicas narrativas anticuadas y una forma de enfrentarse al hecho noticioso totalmente superficial y desatinada. Bueno, como cualquier periódico de hoy en día donde las prisas y la disciplina de lo práctico hacen mella en el sentido de la información.

Y para solventar este entuerto propone una reformulación del modo de afrontar el oficio periodístico. Primero olvidarse de las pautas estilísticas anteriores y tener las manos libres para experimentar con los recursos narrativos tales como recurrir a la composición por escena, servirse del registro del diálogo, perfilar el detalle en la descripción de las personas, situaciones y ambientes o aprovecharse de las posibilidades que da jugar con el punto de vista. Y, sobre todo, mantener un compromiso vivo con todo lo valido del periodismo como ser fiel al rigor informativo, documentarse hasta la extenuación e involucrarse a fondo pero siendo siempre consciente de cual es el rol que uno debe desempeñar en todo momento dentro del relato: ya sea desde fuera pero como si fuera desde dentro (la reconstrucción “ausente” en el relato), desde dentro pero a la vez desde fuera (donde la mayoría de piezas nuevoperiodísticas se mueven) o desde dentro y para adentro (lo que viene a ser el periodismo gonzo, con Hunter S. Thompson a la cabeza del pelotón). Todo es valido si la historia así lo requiere, ya que si partimos de que cada noticia es un mundo singular, lo justo es obrar en consecuencia y adecuarnos a esa nueva realidad. Vamos, que lo que buscan es provocar un shock, en este caso artístico, poniendo patas arriba el canónico mundo de las letras al fusionar periodismo y literatura, como tantos y tantos otros compinches generacionales se aventuraron en otros terrenos.

Porque si hay algo que es innegable es que este libro reaccionario y respondón no tendría sentido, si no fuera vástago de la época en que se fue gestando: una EE UU marcada por el tic-tac de la convulsión social. La de la ruptura generacional en ciernes (despídase del modelo de familiar nuclear); la de la militancia pacifista que fija su mira en la guerra de Vietnam; la de la búsqueda atrevida, apasionada y en algunos casos inconsciente a través de la meditación, la experimentación psicodélica y psicotrópica, la autogestión y la ecología como método para encontrar soluciones en un mundo atrancado en un estado de infelicidad en la abundancia; la del arreón del orgullo de clase, de raza y de género de las minorías sublevadas en su reivindicación de los derechos civiles; y la de la liberación sexual y la emancipación femenina con la píldora como arma arrojadiza. En fin, la de una época en que se toma consciencia de que, sorprendentemente, actuar significa producir cambios. Y en la que surgen una serie de reporteros activistas con la suficiente agilidad para interiorizar toda esa vorágine de acontecimientos.

Todo ese trayecto que empieza con la ingenuidad bondadosa y hippie del verano del amor y acaba con la grotesca fanfarria sanguinaria de la familia de Charles Manson viene retratada, con sus lujos y miserias, sus esperanzas y contradicciones, en una decena de estupendos relatos que son un perfecto reflejo del manifiesto nuevoperiodista y que, a la vez, hacen de adictivo aperitivo (se degusta con saña y abre aún más el apetito) para aquellos que quieran dar el salto a más extensas conquistas literarias.

Del magnífico relato aséptico sobre el delirio belicista y enfermizo que venía representando los EE UU en Vietnam (El general sale a exterminar a Charlie Cong, de Nicholas Tomalin), a la maravillosa reconstrucción del trayecto hacia la autodestrucción fruto de la insensatez de algunos hippies por ir un paso más allá sin saber a dónde ni por qué (Beth Ann y la macrobiótica, de Robert Christgau). Del crudo retrato de la génesis de un nueva mujer que asume con total naturalidad su sexualidad y que socava el rol disciplinario de autocensura del placer y la voluntad (La Dolce Viva, de Barbara L. Goldsmith), a la construcción de la figura maniática y dominadora del líder a través de un acto tan, en principio, insustancial como la grabación de un spot electoral (Como se vende un presidente, de Joe McGinnis). Todas, a pesar de ser historias muy distantes en temática entre sí, tienen el valor de ser reveladoras, audaces y condenadamente entretenidas.

Y si hablamos de técnica llevada hasta su última consecuencia, no cabe duda de que habría que decidirse por las dos últimas piezas que cierran esta compilación (La izquierda exquisita y Maumaundo al parachoques), firmados por el propio Wolfe y que nos revela el porqué de ese estilo cuidadosamente recargado y veleidoso, con esos arranques de furia sintáctica y gramatical tan genuinos. El primero es un relato demoledor de una clase social y artística adscrita al socialismo pero con los tics de las clases burguesas (“liberales de limousine”, como alcanza a definir el autor). Necesitados de estar a la última pero incapaces de asumir los cambios, es una descacharrante crónica sobre la hipocresía ideológica a partir de una cena de gala en honor al movimiento de las Panteras Negras. El segundo, es otro modo de presentar la lucha de las minorías, esta vez desde la coacción racial, que aprovechándose de su situación (son menos, más pobres y desconocidos: dan miedo), intentan pasar un buen rato tensando hasta lo insoportable la capacidad para soportar la humillación de un “parachoques”, el bufón de segundo nivel que la administración les ha endiñado para desatender sus quejas. Ambos relatos son espléndidos ejemplos de cómo encontrar el lenguaje y el tono adecuado a cada historia incide en su credibilidad. Porque no es lo mismo despachar un “ofrece su sonrisa de tango” que un “inicia su mueca de comemierda” (adivinen a que relato pertenece cada cita). No. No es lo mismo. Del mismo modo que no es lo mismo el concepto que uno tiene del periodismo antes y después de haber pasado por sus manos este libro. Bueno, sí que puede serlo, pero seguro que Wolfe conseguirá hacernos creer que es fruto de su envidiable pluma, algo muy muy… genuinamente (norte)americano.

Título: El nuevo periodismo.

Autor: Tom Wolfe y otros autores.

Editor: Anagrama.

Nº de páginas: 214.

Año de edición: 1973.

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