Rubber: Un sinsentido (en el buen sentido)

Si por algo destaca un festival como éste de Sitges es por tener un publico con un  estómago sólido como una roca (imprescindible cuando la protagonista absoluta es la casquería) y por aguantar (a menudo con respeto, en ocasiones con humor y alguna que otra vez soltando más de un improperio) cualquier cosa que le echen. ¿Cualquier cosa? Bueno, siempre hay aquella película infumable y/o incomprendida que es premiada con el peor de los insultos que un espectador guarda en la recámara: la huida en masa. 

Rubber, el segundo filme de Quentin Dupieux, más conocido por su postizo alias musical, Mr. Oizo, que por su nombre de pila, tenía bastantes papeletas para engrosar la lista de tomaduras de pelo. Especialmente para aquellos que aún guardan en el recuerdo la traumática experiencia de Electroma, un experimento con mentalidad robótica (y, por lo tanto, dirigida a un público eminentemente robótico), que por supuesto fracasó ante una platea humana, cada vez más autómata, eso sí,  pero a la que aún le fluye la sangre por las venas. Un fascinante descalabro que tiene el dudoso mérito de vaciar el Casino Prado (lugar donde se suelen ofrecer las mayores bizarradas) en tan sólo treinta minutos.

Afortunadamente para el realizador galo, las simpáticas, absurdas e hilarantes andanzas de su neumático con instintos homicidas fueron recibidas con una creciente efusividad por  un Auditori Melià que rozó el lleno y del que no se fue nadie. Un triunfo para un film que comparte con la obra de sus colegas Daft Punk el mimo en el apartado visual, el amor por los espacios abiertos y desérticos, y esa imperiosa necesidad de arrojarse al vacío desafiando la lógica de la narrativa cinematográfica.

La premisa de Rubber es simple. “Todo lo que van a presenciar no tiene ningún sentido”, resume el sheriff/actor que interpreta magníficamente Stephen Spinella mientras derrama un vaso de agua al suelo. No hay sentido, del mismo modo que en la vida real hay elementos que no tienen sentido alguno. Y no hay que buscárselo, quizá lo más difícil de conseguir para un público (el de dentro y el de fuera de la pantalla) acostumbrado a pedir explicaciones a todo. Y mientras se van sucediendo las más absurda y cómicas situaciones en esta engañosa terror movie se va cuestionando todo: el papel del público, las trampas que dan de comer a las películas, el por qué hay que preguntarse ¿por qué?,  el engaño continúo al que nos vemos sometidos y aceptamos de buen grado.

A ratos brillante (con un sólo movimiento de ajedrez se resume de forma maravillosa la filosofía de la película), casi siempre entretenida, sólo ofrece algún bajón cuando abusa del concepto videoclipero (para algo la banda sonora corre a cargo del propio Dupieux, a  medias con el Justice Gaspard Augé, que tiene su cameo). Y cuando tira de la chica guapa de turno (Roxane Mesquida; el neumático de marras a parte de una sed de venganza desmedida carga con un calentón cósmico), ahí sí le vemos que tiene mucho sentido. Más del que quiere hacer ver el propio Dupieux. Más que el de este texto dedicado a hablar de una obra que pide no requerirlo. Eso sí que es un auténtico sinsentido.

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