Unas flamantes Rhodes

Intentar pasar desapercibido es, en determinados momentos, el mayor triunfo al que puede aspirar cualquier persona. Eso era lo que pensaba aunque, más que inadvertido, prefería ser totalmente invisible. O quedarse como único representante en el mundo. Solo. Pero no cualquier solo, sino el solo que tiene la seguridad de que no hay nadie que pueda amenazar su existencia. Podría decirse que era un soñador o un antisocial, pero lo que sucedía es que simplemente era un cobarde. Supongo que todos tenemos derecho a serlo, del mismo modo que aceptamos con naturalidad y resignación caer en la contradicción vital cada vez que se alza el sol.

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