
Siempre es la misma historia: queda un año y nos ponemos bravucones con el reto de emular la epopeya de Filípedes, la dificultad es algo que nos resbala, podemos conquistar el Everest si nos lo proponemos. A seis meses apartamos la bravata y abrazamos la valentía, esto comienza a parecerse un reto y en la banda sonora de nuestro ánimo sólo suena el We are the Champions de Queen.
A falta de tres comienzan a asaltar las dudas, pero siempre convencidos de que ese sacrificio que aún no hemos comenzado a practicar va a valer la pena.
A dos se nos comienza a tirar el tiempo encima y a acumular los deberes, se suceden las modificaciones en nuestro plan maestro y lo empezamos a barnizar con trazos más realistas; ya no reventaremos el firmamento ahora sólo se trata de de salir vivo del marrón en el que nosotros sólitos nos hemos metido.
Y en el último mes la épica se ha ido al carajo y comienza la dictadura del «¿cuando se me ocurrió a mi enfrascarme en semejante berenjenal?»; sabes que ya es demasiado tarde para dar marcha atrás y entras en una espiral de pánico acelerado que en un visto y no visto te coloca en la línea de salida de tu una vez ansiado maratón.
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