
Ya podemos dar la talla de la nueva Cursa de Bombers: lejos de la época esplendorosa donde hacía números estratosféricos y liquidaba inscripciones en horas, pero asentada por encima de los 10.000 finishers. Una más, aunque un poco por encima, de la línea media de las carreras grandes de la ciudad. Y no es, para nada, malas cifras si tenemos en cuenta el contexto. Pesa el poco tiempo entre la última edición y ésta, pesa que el calendario está a reventar de carreras de 5 y 10k, pesa que estamos en una época de reubicación donde la gente pisa más terrenos y especialidades que centrarse solo en el asfalto, y pesa que la anterior edición dejó muchos claros, cierto, pero algún que otro oscuro.
Ha perdido la parafernalia y espectáculo (y la pasta) de Nike, pero ha ganado en otros aspectos como el de poder competir con garantías el 90% de la carrera (hay que buscar solución a la salida), encumbrar a los Bombers como eje de la carrera y mantener un ambiente festivo y popular sin menoscabar lo atlético.
Aunque suene contradictorio, la nueva Bombers es una carrera que mira atrás sin problemas, ya sea por la necesidad de hacer un reset de la época inmediatamente anterior, ya sea porque no maneja los mismos presupuestos. Una carrera que, en algunos casos por voluntad propia y otras por obligación, ha tomado un camino que ya no tiene… eso, vuelta atrás. Y ya es decisión del corredor si le gusta más o menos. A mí me gusta.
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