
La séptima edición de la Maratest era la de la revolución y, por lo tanto, la de no dejar indiferente a los corredores (especialmente a los fieles). Si el cambio de ciudad representaba ya cierto riesgo (después de seis años, Badalona tenía un circuito consolidado y la organización la tenía por la mano), más aún lo era complementar el nuevo circuito insertando tramos de tierra y dejando de un lado la urbe para asentarse en un entorno natural: la jugada ha salido bien a medias (o mal a medias; lo dicho del vaso medio lleno o medio vacío, he escuchado de todo durante el día, aunque la mayoría le daban el visto bueno a la nueva apuesta). División de opiniones en cuanto al circuito, y más o menos unanimidad en cuanto a la notable organización. Vamos con la crónica.
