Estar lesionado es lamentarse continuamente de todos los días que decidiste no salir a correr (aunque el motivo fuese de lo más razonable y mucho más motivante que atarse las bambas). Es culparte de no haber degustado más todos esos jornadas aburridas que te tiraste a la calle a trotar por puro compromiso, por cumplir un trámite al que solo tú te has obligado.
Es no haberte exprimido ahora que ves que todo el trabajo se va al garete (y es falso, siempre queda la base, pero el drama debe ser lo suficientemente intenso para interiorizar que solo a-ti-te-su-ce-de). Es estar cabreado contigo mismo por no haber hecho las cosas bien justo en el momento en que tocaba hacer, por una vez, las cosas bien. Sigue leyendo









