Se supone que en la vida hay que hacer tres cosas si lo que te gusta es complicártela tontamente (con lo fácil que es cumplir con la Santísima Trinidad del ir de birras, reírte de tus propias desgracias y ser un poco más empático y menos hijo de puta con el prójimo). A saber: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo.
Pero eso era antes, antes de que a la gente le diese por calzarse unas bambas para convertirlo en un estilo de vida como si fueras mormón o mercenario de guerra. Y es justo esa especie de hazmecasito que son los runners que han forzado esta sentencia new age para poder dar cabida a otra misión vital más: el correr un maratón.
¿Pero realmente desafiar la distancia de Filípedes merece estar a la altura de tan altas cotas vitales, de este selecto club platino de Major experiences como a las que se quiere asemejar? Tranquilo, que aquí estoy para darle respuesta haciendo un análisis pormenorizado de los pros y los contras de cada envite. Datos fidedignos de alguien que no tiene ni puta idea, aviso. Sigue leyendo









