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Ultra Pirineu (la pseudocrónica)

Han pasado dos años de la anterior Ultra Pirineu, vuelvo a estar en Gòsol (o sea, en el km 74), y han cambiado algunas cosas. Cambia que Aitor ya no solo podría coger la pancarta para darme ánimos, ahora ya puede escribirla; que Hugo y Xènia son dos deliciosos terremotos que te obligan a ondear la bandera blanca; y que tenemos una nueva supporter en la familia: Ona. No cambia que tengo los mejores amigos del mundo. No cambia que otra vez me quedaré sin verlos porque otra vez  incumplo mi parte del trato: este año aún llegaré más tarde de lo previsto…

Cambia que lo de Vanesa ya no es mero tanteo, ahora vive bajo mi techo y aguanta los lloros de un pseudotreilrane mientras pone buena cara y en sus adentros piensa madre mía, pero que panda de quejicas… Esto no es lo que vendían en las fotos de Instagram. Cambia que esta vez Jordi sí podrá vivir al 100% lo que es hacer de equiper de un corredor. “No es que me guste correr por la montaña, a mí me gusta la montaña”, quedaros con esa frase porque debería ser la filosofía de cualquiera le apasione esto de pasarse 25 horas y media para arriba y abajo en una vetusta furgoneta solo para atender al bobo que repite una y otra vez “es que no entiendo qué me está pasando”. A ellos les debo media Ultra Pirineu.

Y cambia, muy especialmente, que en esta ocasión no llego con el signo de derrota tatuado en la frente. Esta vez no me encuentro en Gòsol totalmente vacío y recogiendo los bártulos por una funesta trayectoria que comenzó mucho antes de que sonase la de El Último Mohicano en la plaça de la Porxada (vaya coitus interruptus ese corte de sonido de este año…). Sé que me quedan 36 kilometrazos, 20 de ellos de los más guarros de toda la prueba (y que Gresolet y Empedrats se les hace bola a casi todo el mundo), también soy consciente que hoy tampoco está siendo mi día y que las piernas no responden… Y aunque tocado porque Edu, mi compañero esa jornada (¿tú con compañía en una carrera de larga distancia? Sí, quien lo iba a decir de mí), causa baja por un dolor inglinal que le ha carcomido mentalmente y que ninguno de los que le rodeamos supimos gestionarlo a su favor, sé que voy de fuerza y de ánimos bastante sobrado, lo suficiente como para liarme la manta a la cabeza y tirar adelante.

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