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La leyenda del corredor compulsivo

Cuento del corredor obcecado

Había una vez una persona que un buen día decidió poner un pie delante del otro y le cogió tanto gusto a ese absurdo proceso que acabó convirtiéndose en una suerte de corredor popular.

Primero descubrió el vértigo que produce huir a toda velocidad sin tener un rumbo prefijado, luego se congratuló con el pequeño pique interior de dar un paso más que su yo de la jornada precedente, y a partir de ahí el espíritu competitivo fue echando raíces en sus objetivos hasta llegar a un punto en que todo se abocaba a completar antes que nadie una meta ya establecida y carente de misterio.

Y ocurrió que lo que tenía que ser un un pequeño acto de rebeldía interior  se convirtió en una búsqueda intensa, dictatorial y rutinaria por batallar contra unos fantasmas inexistentes. De golpe y porrazo se produjo una transformación total, la misma que hay de salir a correr por pura diversión a salir entrenar única y exclusivamente para poner tierra de por medio con aquel que quisiera mimetizar sus éxitos.

Cambió la retozante anarquía de deambular sin ritmo prefijado por el látigo fustigante que logra asumir como naturales las ordenes más estrictas. Dobló las sesiones de martirio y salir de noche dejó de ser una fabulosa manera de juguetear con esa traviesa sombra que aparece y desparece bajo la luz de las farolas, ahora era una forma de acortar los plazos para situarse por encima del resto.

Comenzó a padecer un pequeño ataque de hipocondría en el que excusó cualquier defecto en sus progresos a una falta de gadgets que le solucionaran sus problemas, hasta el extremo que podía abortar a última hora una sesión de tortura atlética si no cumplía uno de sus requisitos materiales. Confundió el trabajar duro para conseguir algo con la obligación de conquistarlo. No hubo remedio para él hasta que al fin llegó a meta, alzó los brazos y contempló que nadie le esperaba.

Fue en ese momento de soledad absoluta cuando descubrió el error que había cometido: que la luz artificial de un frontal jamás sustituirá la que te alumbra el camino las noches de luna llena, que el tiempo que se pierde interrogando el GPS es tiempo que dejas de admirar lo rápido que van tus pies, y que la armonía no se consigue llegando antes sino disfrutando de cada centímetro del trayecto.

Por suerte, aún está a tiempo de perder el tiempo.

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