Hay algo en esto del correr que une a todas las generaciones enfrentadas por la supremacía del discurso moral, a los ya abus (los de el grunge era riesgo de verdad y Rosalía un producto; los de los videojuegos ahora son un paseo; los de nosotros teníamos parques que eran auténticos campos militares que cercenaban vidas y ahora a los niños se malcrían en una fantasía de columpios teletubbies), a los millenials hipotecados en la vida real y de lujosa vida ficticia en Instagram, y a los zetas aprisionados con el toque de queda y de nulas perspectivas económicas y sociales con el Ok, Boomer en la punta de la lengua como arma arrojadiza para los que pintan canas.
Y no es, aunque parezca lo contrario, por el acto en sí mismo de atarse las bambas y arrastrase por las montañas y las calles, sino porque luego puedes ir alardeando de tus aventuras desafiando incontables peligros. Esta tradición milenaria se mantiene enraizada entre nosotros gracias al ejercicio del running y es totalmente intergeneracional ya que de cansinos lo somos de nacimiento. Y con todos sus excesos hoy toca a hablar de las consecuencias de dar la brasa a la gente que nos rodea…
Antes de comenzar, una duda: ¿Quién da más la brasa, el que lo hace o el que habla de los que lo hacen? Con esta duda, que me deja a mí particularmente en bastante mala posición, te paso a relatar cómo, cuándo y por qué está bien o no dar la chapa, versión corredor popular. Salud.









