Genuino genio (norte)americano

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“Usa más signos de exclamación que ningún otro escritor norteamericano”. Con esta sentencia de pasmosa lucidez, obra de la listilla, melancólica y a menudo recalcitrante Lisa, se nos presenta al genuino Tom Wolfe (Richmond, Virginia. 1931) en uno de los hilarantes capítulos de esa serie a guardar como oro en paño que responde por Los Simpsons. Y nos deja clara un par de cosas: la primera es que parece ser que para los yanquis la literatura mundial queda delimitada a ese terreno febril que hay entre la costa este y la oeste; la segunda es que el autor de La hoguera de las vanidades se consagra, definitivamente, como figura icónica en el imaginario colectivo. Y si la serie más deslumbrante e imperecedera del mundo de la televisión llega a esta conclusión por si sola, deberíamos darle un voto de confianza. Ya habían acertado sacando los colores a la hipocresía new age de REM, U2 o Richard Gere, así que, ¿por qué no se iban a permitir dedicar una de sus puyas, siempre amables pero con retranca, a la elite literaria norteamericana?

Y es que Tom Wolfe es, seguramente, el paladín de una generación de autores (en la que se incluye nombres como Truman Capote o Norman Mailer) que cumplen todas los requisitos para ser acompañados al paredón de la caricatura: son genuinos y particulares, tan embebidos de si mismos como preocupados por las consecuencias de sus actos y, sobre todo, tienen una obra tan digna del santo elogio (la consagración del periodismo literario a partir de títulos de la magnitud y el genio de A sangre fría, Los ejércitos de la noche o el presente El nuevo periodismo) como del potencial escarnio (unos excesos estilísticos que se les puede volver en contra cuando se hace equilibrios en la divisoria que separa la maestría y el ridículo). Continua llegint

Sobre la compasión y la dignidad

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La singularidad de una época viene marcada por una serie de acontecimientos distintivos que perfilan y dan forma a su personalidad. Describe a sus ciudadanos y avanza las coordenadas de su comportamiento en las siguientes décadas. Del mismo modo, cada periodo tiene una literatura que deja constancia de estos cambios, que pasa factura en su presente y proyecta a las siguientes generaciones una realidad que, en el caso que nos ocupa, es de esas de que hacen desviar la mirada por temor a enfrentarse a ella. En la época de la Gran Depresión, ese acontecimiento no fue otro que el Crack del 29. Y ese puesto de relator no lo ocupó otro que John Steinbeck (Salitas, California, 1902), escritor por vocación y por el indeleble sentimiento de compromiso social, de los que entienden el libro como ariete de conciencias, de los que se sirven de él como de si una caja de resonancia, que se hiciera oír de una punta a la otra de Norteamérica, se tratase.

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Cuento aún por titular… (II)

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Al día siguiente de tan trascendental momento vital (un artista siempre saca lo mejor de sí mismo cuando aborda con valentía el asalto a sus propios infiernos o cuando se pone ciego de todo, que viene a ser lo mismo pero en prosaico) se levantó a trompicones y como pudo salió a la calle teniendo que soportar una agria sensación de derrota que pesaba tanto como las dos toneladas de plomo que taladraban su escuálido cerebro.

A pesar de destinar las pocas fuerzas que guardaba en reserva a domesticar una resaca de dimensiones bíblicas, no pudo controlar una inoportuna insurrección metabólica a modo de vomitera inmisericorde y, como un sifón con el gatillo encasquillado, comenzó a chorrear los restos de una mala noche allá donde un instintivo giro de cuello se dispuso a apuntar. Un muro, que ejercía de baldía barrera de un desdichado solar, tuvo el desafortunado cometido de hacer frente a la ira de un organismo que no entendía ni de crisis artísticas ni de dudas existenciales, salpicando los carteles publicitarios, de exposiciones y conciertos (de todos esos individuos que se le habían adelantado en el camino al estrellato) que lo engalanaban, y dejándolo todo tan pringadito e infectado que pudiera haber servido como atrezzo de cualquier filme de terror gore o una lección gamberra de diseño para grupos de rock radikal (con k de kemoooonos) vascos. Continua llegint

Mis incendios (I): por supuesto, el incendio es lo de menos

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Yo vivía en una granja, algo que así, a secas, suena fabuloso, idílico y soleado. Pero como las vidas interesantes no son planas y de las segundas lecturas uno siempre extrae las mejores lecciones, la historia, por supuesto, era bien distinta. Yo vivía en una granja que no era ni más ni menos que el único sitio que mis padres se podían costear, y eso agradeciendo la suerte de contar con enchufe familiar: ese emplazamiento fue la primera pica social, en la conquista del pan y el bienestar (versión risueña de huida del hambre y la desesperanza) de mis sufridos abuelos. Y la verdad es que tampoco podíamos quejarnos porque esa granja, que por no ser no era ni granja (simplemente la llamaban así porque masia era una palabra que aun no había entrado en el vocabulario limitado, unidireccional pero funcional de mis muy andaluces e iletrados padres), era la guinda de un conjunto de chozas desvencijadas transformadas por la necesidad, el tesón y un plus de imaginación en hogares por aquellos que venían con los bolsillos vacíos y la necesidad de encontrar cobijo a bajo coste. Continua llegint

Estúpida literatura (fusilando a Salinger)

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Odio los libros. Supongo que se debe a que empecé con mal pie con ellos. Enganché tarde la escuela, con casi seis años y sin tener noción alguna de escribir y leer. Cosas de tener unos padres que la gente confundía con hippies cuando lo que realmente pasaba es que eran pobres de solemnidad. Pues eso, que uno llega tarde y a partir de ahí tiene la sensación de que siempre está llegando tarde a todo. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba repitiendo curso. Y es que tomaba un libro y sólo pensaba en el tiempo que me hacía perder pudiendo estar ahí fuera disfrutando como un marrano. Cuando eres un crío el mundo de las aventuras comienza tras la puerta (la de casa y la del colegio) y no piensas que viene escrito en un manojo de folios. Así que un libro para mi era un lastre escolar que se intentaba sortear de la forma más original posible. Si había que leerse El hobbit, te lo inventabas y lo presentabas con tal determinación que parecía que quien cometía el fraude era  tu profesor. Continua llegint

¿Quién puede matar a Millet? (sí, ahora voy de Sharpe)

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La ejecución se estaba demorando en exceso. El calendario nos situaba en el 2029, año en el que la ciudad de Madrid era la principal favorita para albergar los Juegos Olímpicos, en que la moda dictaba que ya no se llevaba cortarse las venas haciendo el siete con el cutter (ahora se estilaba que tu novio te dejase unos bonitos moratones con forma de comunidad autónoma), y en el que el más ignorante podía ejercer de agitador cultural apelando a Stendhal y al reggaeton a la vez. O sea, que las cosas apenas habían cambiado.

Hacía más de una década que la sentencia era firme: el señor Fèlix Millet debía ser ejecutado con la técnica del golpe seco de contrabajo. Nadie dudaba de que fuera una sentencia justa (incluso las FAES le había devuelto el carné), y más cuando se supo que todo el dinero desfalcado servía para financiar al comando terrorista responsable de los asesinatos de Isabel Coixet, Kiko Amat, Ray Loriga, Espido Freire y Lucía Echeverria. Con tal magnicidio cualquier remota posibilidad de alzarse con el Nobel había sido aniquilada. Continua llegint

Cuento de vergüenza ajena (no soy Rodari)

El primer día que bajó por las escaleras estaba convencido de cumplir su reto. Después de varios intentos en los que se quedaba corto, se pasaba de largo o no conseguía mantener el equilibrio, dio el salto preciso para alcanzar el bordillo desde la puerta de su casa. Después, todo era coser y cantar, circular por el el filo de la acera hasta llegar a la escuela. Comenzó a desfilar titubeante, precavido de no caer a la calzada y de no desviarse del bordillo. Pero cual fue su sorpresa que, tras un garbeo intenso y medido paso a paso, se encontró de nuevo delante de su portal. Estaba claro que la primera norma (no pisar JAMÁS todo lo que no sea bordillo) no le servía. Y encima no llegaba a tiempo a clase, aunque eso no le preocupaba más que buscar una solución a su problema. Continua llegint