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Quédate con aquella carrera que trate por igual al primer y al (pen)último corredor

CARRERAS ULTIMO CORREDOR FROLILLO ROJO

Una gran carrera puede fichar a lo más granado de la élite para dar una patina de prestigio y aumentar su visibilidad, puede ofrecerte la camiseta con el diseño más vanguardista, puede entrar en el cebo de los sorteos eternos, puede venderte la moto de las cifras, o engatusarte con la espectacularidad de su marco geográfico. Todo eso siempre vende y venderá. Y bien llevado me parece de lo más positivo, siempre y cuando cumpla con lo básico de un evento atlético: circuito, seguridad, avituallamientos y cronometraje.

Pero cualquier carrera siempre quedará coja si en el trato al corredor solo tiene en cuenta a una serie de participantes sobre el resto cuando lo que debería primar es saber atender con la misma dedicación a todos sin excepción. Que si has pagado religiosamente tu inscripción tengas los mismos servicios y derechos que cualquier otro que haya llegado delante tuyo. Que sea igual de importante el corredor que alza los brazos y se lleva todos los parabienes de los medios y séquito institucional, el que se queda a las puertas de subirse a algún cajón, el que siempre queda escondido en la tabla de la clasificación y el que su batalla está centrada en que no le barra el coche escoba.

Imagínate que estás preparando durante semanas o meses una carrera con toda la ilusión del mundo, estudiando la estrategia, calculando donde te va a tocar sufrir, visualizando en qué lugar estarán los amigos apoyándote, imaginando tus últimos metros antes de cruzar la línea de llegada… En resumen: sabiendo que el trayecto que hay entre la salida y la meta es algo en el que todas las decisiones, tanto las acertadas como las erróneas, van a estar única y exclusivamente en tus manos y no vienen a consecuencia de factores externos.

Y ahora imagínate que comienzas la carrera y que ya te meten prisa por detrás para no estorbar a los primeros que están a punto de finalizar su competición, que llegas al avituallamiento y está tan arrasado que no tienes un triste trago de agua que llevarte a la boca con el que calmar la sed y el cansancio; que tras pasar el pelotón más numeroso el se comienza a hacer la vista gorda a la hora de controlar el tráfico y te toca a ti lidiar con el típico conductor estresado que se niega esperar; o que ya llegando a final de carrera te encuentras que justo delante tuyo comienzan a retirar las vallas, a deshinchar los arcos e incluso a guardar el sistema de cronometraje para llegar a meta ,y que luego te digan que lo sienten pero de ésto ya hemos agotado.

No es frecuente que suceda todo lo que he explicado de una tacada pero sí comienza a ser habitual que el último tercio de corredores se vea afectado por alguna de las situaciones comentadas en más de una ocasión. Completar las carreras a pelo sin acceder a los avituallamientos por los que tú has pagado, llegar y quedarte sin medalla por la que, insisto, tu has hecho un desembolso económico, o que te metan prisa aún cumpliendo con el corte de tiempo.

Puede que por querer ajustar tanto a veces fallen con los cálculos, algo que puede ser disculpable si no se tira balones fuera, se asume el error y se intenta buscar algún tipo de solución (y aquí también juega un papel determinante los que corren y toman ciertos avituallamientos limitados como un buffet libre, o los que quieren tener los mismos privilegios que el resto corriendo sin dorsal), pero la realidad es que al final siempre acaban pagando los mismos. Y es ésta sensación de dejadez con los del furgón de cola la que al final deja un sabor agridulce por mucho que se hayan esmerado por las redes sociales en vender el resto de virtudes de un evento.

Del mismo modo que los organizadores exigen que el corredor lea, acepte y asuma lo que dicta el reglamento (luego no se hace y pasa lo que pasa: quejas a posteriori que ya no tienen ningún tipo de validez), es necesario que éstos cumplan con lo que ellos mismo han declarado.

Y aunque me parece plausible el preparar un homenaje especial con parabienes y regalos al último corredor que llegue a meta, algo que se está poniendo de moda y que desgraciadamente se les puede volver en contra cuando unos y otros desvirtúan la esencia del gesto, antes prefiero que el penúltimo se sienta como uno más de esta familia inclusiva que se supone que se forma alrededor del atletismo popular. Porque yo algún día también seré penúltimo y espero no sentirme como un estorbo que solo valga para hacer caja.

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