Ellas te dieron la vida y sacrificaron la suya para que crecieras sano, con una mínima educación y un próspero futuro, y tú vas y te conviertes en un runner que le hace ascos a algo tan sagrado como es la comida de tu madre. Así que apunta: ellas no tienen la culpa de que con la tontería del correr te hayas convertido en un completo gilipollas cada vez que te ponen un plato encima de la mesa…
Este post es para reivindicar el papel nutricionista de las madres, que equilibran tu desequilibrio físico y, sobre todo, mental de querer rascar esos dos segundos al crono que no consigues a base de patearte las calles. Hoy entraremos en la psique de una figura que ve a cada muy tanto a su hij@ independizado y que cree que no hay mejor manera de recuperar el tiempo perdido que rellenándole el buche como si fuera el pavo de Acción de Gracias.
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Diagnóstico: el niño no me come
Algo que debes tener muy en cuenta antes de cruzar la puerta de casa tras una larga ausencia es que para una madre siempre, SIEMPRE, estarás delgado (aunque en un 2% de los casos estarás exasperantemente gordo por esa maldita manía tuya de cambiar el calóricamente equilibrado estofado que te envía en tupper por cocina precocinada del microondas). Es la manera que tienen de reivindicar el papel que han ejercido en tu infancia: sin sus manos encima esa escultura de Miguel Ángel que roza casi el dibujo de Rubens habrá perdido todo su compromiso estético y estará a un paso de ser un/a modelo de las que desfilan en Milan, París y en la colección de fotos de morritos de Instagram .
No hay termino medio, jamás reconocerán que puedes alimentarte por ti mismo si no es con la técnica de la avioneta y la cuchara. ¿Y sabes por qué? Porque a veces le das razones de peso; tú no es que comas mal, tú es que directamente comes basura de esas que salen en los anuncios de la tele. O peor, te atiborras de esas pastillas que vienen en botes de detergente y que deben llevar más cosas chungas que el matarratas que sirven en las discotecas. A un alimento al que debes buscarle el sonido a las consonantes que lo bautizan no se le puede catalogar ni tan siquiera de alimento.
Así que lo primero que va a hacer tu madre, antes incluso de darte los dos pertinentes besos en la entrada de casa, es una examen visual con sus ojos biónicos para llegar a la siguiente conclusión: el niño no me come bien. Y da igual que te expliques con el rollo de que llevas una vida saludable gracias a una dieta para runners que has leído en un libro con más paja que un pagafantas. El diagnóstico y su gravedad se pueden percibir en los siguientes comentarios:
Estás como un lápiz = Estás sano pero se niega a reconocerlo.
Uf, qué delgado que estás = Le han salido unas torrijas estupendas y estás obligado a probarlas.
Ai, niño, estás enfermo = Estás demasiado delgado para que te de una vuelta por el vecindario a presentarte en sociedad.
… Silencio… = Drama. Mejor no preguntes.
¿No estarás con las drogas? = Realmente te has pasado con la dieta y lo que consideras tú que es tu perfil keniata no pasa de Macaulayn Culkin visitando el Nasty Mondays.
Y a partir de ahí te toca una temporada de ser conejillo de indias de todos sus experimentos culinarios, algo que deberías agradecer: por fin vas a volver a vivir la experiencia de engullir alimentos con sabor. Especialmente si por su laboratorio hace acto de presencia el robot de cocina, la PlayStation de las madres con talento gastronómico.
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En la mesa (acciones sutiles para que te desherede tu madre)
Que te quede claro: para una madre un No siempre es un Sí, un Sí es el
equivalente a triple ración, y un menú individual es aquel que está a punto de reventar el perímetro del plato y que se mantiene en un débil equilibrio, cual Jenga, y con el que tú te podrías alimentar durante un curso entero racionalizándolo en tuppers. Para una madre un plato pulido significa que te has quedado con hambre y debes repetir, y si le quedan sobras es que no te ha gustado y ya va escopeteada a los fogones a prepararte otra cosa.
Es una espiral casi imposible de frenar a no ser que eches el muerto a un tercero: mejor sacrificar a un familiar cercano de menor rango con algún «¿que no te gusta lo que ha cocinado la mama/yaya?» que tener que volver rodando o pidiendo los servicios de una grúa.
Pero el rechazo a la comida por una cuestión de overbooking estomacal no es lo más grave. Una de las mayores injusticias que unos padres tienen que soportar es que la descendencia le salga tan respondona y resabida que cuestionen la obra culinaria de aquél/lla que se ha pasado toda la semana invirtiendo su amor e ilusión preparando un delicioso banquete que tus prejuicios Actmierda se ponen a cuestionar. Poner en duda la salubridad de la dieta de una madre es el principal motivo para ser desterrado de la familia. Y con razón. Te paso un listado de acciones que activan un plan de choque inmediato para ser justamente desheredado:
– Criticar el plato que se ha currado, plegándose a tus exigencias pseudocompetititvas, indicando que tiene demasiado de esto y demasiado poco de aquello.
– Ponerte a ayudar a cocinar con varios consejos que cuestionan las sagradas tablas gastronómicas de la comida familiar. No, los canelones de Navidad no se rellenan de tofu.
– Dudar de las explicaciones nutricionales de los platos de tu madre. El chorizo es de pollo y tú ahora comes mucho pollo, ¿no? Pues eso.
– Poner en tela de juicio el volumen de las raciones: la fruta alimenta, pero alimenta mucho más si en vez de dos piezas te tomas cuatro… docenas. Totalmente lógico e incuestionable.
– Otro razonamiento al que no deberías poner peros; como las embarazadas, ahora te toca comer por dos: por el de tu nombre de pila y por ese personaje que responde con un mote runner cuidadosamente elegido para fardar de estilo de vida: ahora alimentas a Luis y a UltraLuisinho.
– No entables una batalla dialéctica con tu madre ya que tienes todas las de perder, ella siempre se basa en el empirismo y tú en estudios que cambian según el criterio de quién los patrocina: ante un «Pues mira a tu hermano lo hermoso que está a base de panceta» no hay argumento que valga para contraatacar.
– Anteponer los gurus de la dieta sana y los platos microjetas a Karlos Arguiñano.
En definitiva, si el que era tu plato favorito de casa de tu madre ahora se ha convertido en una amenaza y un alimento a exterminar en tu camino al estrellato, dentro del anonimato, de las carreras populares y los retos del chichinabo, comienza a plantearte si realmente ese es el modelo de vida que quieres perseguir.
Entre un buen banquete o rascar cuatro míseros minutos al crono, yo lo tengo claro. Jamás renunciaré a los pequeños placeres de la vida.

