No sé cuanto tiempo llevo con el blog pero sí sé más o menos las entradas que he escrito (unas 400) y el número que he dedicado a hacer crónicas personales de carrera: solo una, la primera y encima no iba destinada al blog sino a mi añorado diario ADN antes de que el tsunami arrasase los medios de comunicación. «¿No hay notis frescas del día? Pues mete cuatro memes, una entrevista a una imfluemser del tuita y algo sobre running, que siempre genera visitas».
No había vuelto a reincidir, más que nada porque poco más hay que explicar tras haberlo contado todo, es como producir la saga Viernes 13: si la original ya es mala, imagínate las secuelas, solo aptas para amantes puros del slasher, aquellos que hacen una saludable terapia cada vez que cuentan su historia (así das menos la brasa en público) y a los que les gusta chuparse la polla con adjetivos propios de una telenovela.
Y aun así, hay gente que reúne todos los requisitos necesarios para que me interese leer sus aventuras: ganas de escribir, el saber hacerlo y hacer una necesaria criba entre lo superfluo y lo necesario. Desgraciadamente, tras repasar esta crónica de la Ultra Trail Catllaràs, acepto que no es mi caso. Así que tiro adelante porque me he comprometido con ello pero no creo que vuelva a repetir.
A mí me gusta correr a fuego lento
¿Por qué me gusta la larga distancia?…
Nota: Larga distancia para definir esas carreras que dejas de medir en km para hacerlo en horas; uso larga para no herir sentimientos con los del «Esto es un Long, no una Ultra».
¿Por qué me gusta la larga distancia?
Pues porque aunque soy un corredor cochambroso se me da bien estarme horas a un ritmo cansino y más si es en montaña, digamos que disimulo algo mi mediocridad subiendo y bajando corriols. Hay otra razón, mucho más importante y motivadora para mí: me lo paso estupendamente bien hasta pasándolo agónicamente mal. Y ya te digo, por si no lo has probado: en una carrera de montaña se pasa a ratos muy pero que muy mal. Sobre todo cuando eres tú el principal responsable de encontrarte en esa situación.
Y es que hay dos formas de afrontar una carrera de montaña: correr fácil y que la fatiga y el desgaste venga a ti, o complicarte la vida yendo a buscar directamente al hombre del mazo. Por supuesto, es preferible la primera, pero como yo soy un tío que de forma voluntaria e involuntaria se mete en fregados mi habitat natural está en la segunda opción.
Me mola caer en la trampa, darme de cabezazos e intentar apagar los fuegos que yo mismo, en mi sinrazón, he originado. Si todo corredor tuviese un punto fuerte el mío sería, sin duda, el de petar con arte: desfallezco, las paso putas, echo gasolina al incendio creyendo que es agua… y aun así no me hundo, simplemente voy haciendo.
¡Se me olvidaba! Hay otro motivo y es el de la filosofía que desprende este tipo de carreras: en larga distancia hace falta piernas, estómago, coco, bastante orgullo… y una llave inglesa para ir solucionando todos los problemas que irán surgiendo a lo largo de la carrera. Porque se trata de eso: de salvar los muebles. Cuando corres tantas horas seguidas la carrera perfecta es, sencillamente, aquella que te ha dado menos problemas y que has sabido resolver exitosamente.
Llegamos a La Pobla de Lillet
Me adentraba en el Catllaràs con dos victorias en el bolsillo. La primera era que a última hora me pude cambiar el turno de trabajo y ya no tenía que hacer la proeza (proeza = canelo) de obligarme a acabar en menos de diez horas, y salir pitando para tres horas después estar dando el callo en el centro de Barcelona. No sería la primera vez que me pasa una de éstas, es más, ya es costumbre que después de un palizón en asfalto o montaña luego me tocase pringar trabajando. Pero esta vez ya era rizar el rizo. La sensación de alivio, de haberme quitado de encima una presión inmensa, me recuerda lo chungo que es correr cuando las piernas te dan para ir sorteando los cortes de tiempo en una carrera y el aliento del coche escoba al final del pelotón. Que sí, que Kilian es la polla y Trail Hernando un genio de las zapas, pero los que se comen el doble de tiempo en carrera, los terrenos trillados y la calda también merecen su reconocimiento. Para mí, incluso más, que no llevan un equipo de sherpas a sus espaldas.
La segunda victoria era llegar sano y salvo con mi Corsa, capaz de aguantar las embestidas de mi peculiar forma de conducirlo / torturarlo (soy un parras: me olvido echarle aceite, me meto en contra dirección…). Una hora de viaje en un trayecto en subida es meter al pobre a competir en su particular Ultra, al final metes quinta hasta en los puertos fuera de categoría para que no arda, vas encendiendo y apagando el aire acondicionado e inclinas 45º adelante el cuerpo para ver si así mi vetusto coche pilla la indirecta cuando está a punto de claudicar.
Llego en medio del tormentón, que me cae del aparcamiento al pabellón: 300 metros chorreandito. Por supuesto, es pisar el recinto y dejar de llover. Allí me encuentro a Jordi Ruzaken y a David Lladó, charlamos, hacemos un Diario de Patricia contándonos los miedos del día siguiente y Jordi me invita a sobar a su preciosa casa que así me ahorro otro conflicto en ciernes: el montaje y desmontaje de la tienda de campaña en el campo de fútbol (Flashback: en 2014, volver con el coche como si llevase un paracaídas dentro tras una pelea que perdí con la puñetera 2 seconds… 2 puta madre).
Duermo poco porque estoy toda la noche dando vueltas a la carrera, pero al menos lo hago cómodo (aún no sé como le voy a agradecer a Jordi la hospitalidad pero, joder, ya te digo por aquí que no sabes lo que te lo agradezco) y me levanto como cualquier otro día tras 3 horas de sueño intermitente: sigo vivo, eso es lo que importa, las horas de sueño que realmente cuentan son las que has ido acumulando los días anteriores. La putada es que yo vivo en permanente estado zombi y encima tres días antes me metí 20 km totalmente gratuitos. Toma tapering del bueno.
Los nervios afloran al vestirme porque van apareciendo y desapareciendo el material por arte de magia, aunque intento controlarlos para no contagiárselo a David que también hará la Ultra y bastante tiene con lo suyo, se supone que yo debería ser el calmado y experto (¿experto? solo en darme hostias) y darle confianza.
Afuera no hace frío y eso me da mala espina. Por suerte, la jornada fue realmente plácida en cuanto a las temperaturas, nada que ver con la calima del año pasado. Hacemos un café al que yo le añado el capricho de un donut de los de verdad, de los de caja de cartón del día, no del desastre envasado que hundió toda una megacorporación. Ahí se me cae la primera y quizá más sentida lágrima.
Tengo algunas molestias en la rodilla y la espalda pero eso no significa absolutamente nada porque en estos momentos estamos más sensibles que una gata en celo. Las molestias se confirman cuando llevas un buen puñado de km entre pecho y espalda. Pero lo que me tiene un poco mosca son las sensaciones, en comparación con la Ultra de Collserola o Matagalls esta vez no las tengo todas conmigo. No hay paz interior (frase mierder patrocinada por Paulo Coelho), y aunque hay muchas ganas de comenzar no siento ese bullicio de querer ir a comerme el mundo. Hay algo que no encaja.
Comienza lo bueno
Se da el disparo de salida y salgo escopeteado pero sin cebarme, adelanto a gente y dejo que otros me adelanten. Intento no obcecarme con el ritmo pero las piernas van solas y cada vez que escucho una respiración agónica me obligo a dar un paso adelante aunque la idea era quedarme justo detrás para llegar silbando a la primera parada, la de completar ese primer sector con la sensación de frustración de «Mierda, podría estar fácilmente más adelante». Voy a buen ritmo pero el freno que esperaba encontrarme apenas aparece y en lugar de autoimponérmelo continúo adelante.
Los primeros rayos de sol se cuelan entre la maleza y es realmente espectacular, en ese momento soy consciente de que no quiero estar en otro lugar en el mundo que no sea ahí mismo.
Me pulo la subida de Falgars en un santiamén, nada que ver con lo eterno que se me hizo el año pasado, y ya comenzando a crestear me doy cuenta de que si me empano mirando el paisaje se me escapan los de delante unos metros y tengo que acelerar sin gran esfuerzo para atraparlos. Y no se trataba de eso, el plan maestro era que casi debería frenarme para no comérmelos, pero me cuesta aceptar que ese no es mi ritmo, al menos hoy.
Con todo eso, llego al primer avituallamiento con 40 minutos de adelanto con el tiempo que tenía previsto llevar para asegurar el resultado y con 2o del objetivo soñado antes de comprobar la lista de clasificados del año pasado… Sí, señor. Me he pasado tres pueblos.
Je je. Eres un genio, David. La has metido hasta el fondo, has pasado de vueltas el motor, cargándote el cambio de marchas y ya solo te queda la reductora. Olvídate ya de cronos. A partir de ahora se trata de apagar el fuego y… y lo jodido es que me mola, puñetero sadomasoquista. Me quedan 40 km gestionando la reserva y la sensación de que me he metido en un buen marrón.
