En un mundo perfecto no estaría perdiendo el tiempo escribiendo esto ni tú lo estarías leyendo. Estaría corriendo (o, mejor, follando, pero de eso no va este… ¿texto?). Y cada vez que saliera a correr todo sería perfecto, volvería con una sonrisa que me daría toda la vuelta a la cabeza y todos los problemas cotidianos se habrían esfumado.
Porque me han dicho que cada vez que sales a correr todo vuelve a encajar y los problemas se resuelven por si mismos, no hace falta que tú te enfrentes a ellos. Lo sabes, lo sé. ¿Pero sabes qué pasa? Que afuera hace un frío de mil demonios y yo no tengo esa actitud heroica que pertenece a la gente perfecta… Lo del no hay nada imposible siempre me ha quedado muy lejos. Prefiero una manta donde regodearme de mis insanas imperfecciones.
Si todo fuera perfecto, con esfuerzo, sacrificio y un plan de entrenamiento conseguiría cumplir todos los objetivos en los que me habría embarcado, el día D solo sería un trámite temporal hasta que se iniciasen los fastos de homenaje en la recta de meta y los factores externos quedarían marginados a decorar la épica de mi aventura. Todo sería asquerosamente espléndido.
Tendría interiorizada la técnica de carrera del mismo modo que adquieres el hábito de respirar, aprendes caligrafía o besas con lengua. Correría bien porque… ¿sabes qué? Exacto, hay una forma de correr bien. Y sería entonces estupendamente clónico.
La incertidumbre desaparecería, el miedo sería derrotado al instante que asomase, la confianza sería tal que nada me derrotaría. Mi filosofía se vendería en tapa dura mediante literatura barata y beneficios incuestionables.
Me tatuaría el triunfo, sería falsamente condescendiente con los elogios, batiría marcas como si fuera turno de oficio, escalaría las más altas cotas procurando que quedase registrado para la posteridad, hasta llegaría a conquistar siete islas sin despeinarme.
En un mundo perfecto… todo sería perfectamente aburrido. Correr sería tan maravilloso que correr dejaría de tener sentido. Y yo… yo me revolvería contra eso.
Porque prefiero ser imperfecto.
Hacer las cosas mal y que éstas me demuestren a base de hostias lo equivocado que siempre estoy; hacer las cosas bien y que el resultado sea igualmente una patada en la boca y un puñetazo en mi orgullo.
Competir con la lección aprendida y que todo aquello que no está al alcance de mi mano desbarate todos mis planes. Llorar de rabia por eso. Gozar por dentro justamente por eso, por disfrutar siempre de esa puta incertidumbre.
Coincidir con gente igual o, por suerte, aún más imperfecta, gente que tenga un miedo terrible a si mismo frente a lo desconocido, gente que fracase una y otra vez y no aprenda, se ría y reincida en ese gozoso error. Gente que deja los héroes para la gente sin imaginación y sabe retirar toda la trascendencia que le sobra a algo que, sencillamente, no merece ser burdamente decorado. Porque correr no necesita de frases lapidarias, ni adornos ni tragicomedia.
Salir a correr y no volver con una sonrisa eterna, porque… ¿sabes qué? no siempre los días salen perfectos, a veces salir a correr no espanta los problemas, a veces salir a correr también puede eternizar la agonía de una jornada de mierda. Y lo celebro, me encantan esos días de mierda corriendo porque sé que algún día vendrá uno mejor, uno que se desvanezca con el paso del tiempo. Un día perfectamente imperfecto.
